“Sembrar el petróleo”, o el país infértil

La frase parece formar parte de un manual de recursos de la retórica pública en Venezuela al momento de explicar la imposibilidad del bienestar. A lo largo de varias generaciones y en condiciones ideales de gestión, hombres públicos y profesores, choferes de carrito por puesto y animadores de televisión la sueltan a quemarropa en alarde de originalidad o de gente informada. Sobrevivió al país anacrónico, a su indiferencia ciudadana; hoy es una lápida, marca el lugar donde fueron enterradas las esperanzas de una sociedad banal, incapaz de descubrir la gravedad de una sentencia. Parecía una tarea práctica, y en realidad se trataba de un juicio y un recordatorio sobre las carencias de una comunidad que se dedicó a oír a sus hombres pragmáticos, no a sus pensadores; de allí su infertilidad.

 La frase resume el trance de un observador dedicado a comprender la dinámica de la convivencia en una sociedad inaugural, ante la tentación del derroche y la ineptitud para diseñar con sentido de permanencia. A estas alturas ella luce en toda su dimensión de sanción casi moral. Pero la siembra sí se hizo: cómo hubiéramos conjurado la herencia gomecista y una estructura demográfica y societaria deprimida sin el impacto inercial del petróleo, porque aún en ausencia de proyecto sus efectos redentores alcanzan hasta el presente. Cortafuegos de las enfermedades endémicas, promotor de la mujer emergiendo en el horizonte de la ciudadanía, gestor del intercambio… Amplio sería este catálogo. Podía curar a los maláricos, pero no, ciertamente a los resentidos; podía estimular el diálogo y el consumo, pero crear un proyecto estable de bienestar y progreso correspondía a otras venturas. El venezolano de hoy que se siente acreedor, como si todo se le debiera, como si le hubieran escamoteado una herencia, debería saber cuánto se va pareciendo este país a uno hipotético, sin petróleo y dominado por los hombres de presa tras el fin del gomecismo.

La discusión sobre la paternidad de la frase no es un asunto menor, pues si los avisados pretenden atribuirla a Adriani, el hombre de las estadísticas y la economía naturalista, lo evidente es la pertinencia con que Úslar la integra a una descripción de las tareas por hacerse, es consecuente con ella hasta el final, y así identidad y paternidad quedan sin lugar a dudas. Dedicó un artículo a aclarar esta disputa, no sin fastidio ante la incredulidad bizantina del país, ocupado más del espectáculo que del dramático conflicto que la sentencia parecía encerrar. En ella hay un concepto de riqueza y también una admonición, y si se aleja de la ciencia económica al desconocer el ingreso petrolero como renta (Asdrúbal Baptista), se acerca a la ciencia de la profecía cuando señala la irresponsabilidad con que el país encara el futuro y aquella riqueza inorgánica, sea renta o beneficio.

 El editorial luce como todo un programa para la vida civil venezolana. La economía en su languidez tercerista no podía desgastarlo ni desmentirlo, y no resulta anacrónico justamente porque el Estado ha seguido siendo hoy una estructura inconveniente, cuando en aquellos años su desmesura apenas se justificaba como ordenador del esfuerzo. Desde la perspectiva cultural se ha fortalecido la idea de una sociedad entregada ya no a fuerzas inerciales sino a la mala conciencia, carente de proyecto para la riqueza, debilitada en los procesos de aculturación—pues no ha interpuesto a la novedad elementos sustanciales de transformación de sus propias tradiciones—, criminógena y resentida. Úslar creía que la naturaleza y la acción del hombre sobre los elementos eran la fuente natural de riqueza: una visión no fisiócrata pero si fisiológica, comprensible ante el espectáculo de un país hecho casi sólo de geografía y territorio.

 Con el advenimiento de la modernidad gestionada desde el Estado continuó en primer plano la acción de la riqueza desestructurada obrando sobre los grupos desmovilizados, renuentes a articular la potencia humana del saber y la profesionalización a aquella riqueza. Hoy parece resolverse todo en la vacía expectativa de las proclamas de liberación cuya dudosa garantía no es sino la discrecionalidad de una gestión pública fundada en la ilimitada inversión neta.

 En 1936 Úslar tiene 30 años y ha iniciado una carrera intelectual con los mejores augurios. Debía ser el hombre que adelanta la vanguardia, y sin embargo se desprende de un mundo fáustico para dedicarse a otear en el futuro de la sociedad desprevenida; se convierte en un profeta que nadie oye. En alguna medida sacrifica la orientación de una obra de ficción, aunque logra ejecutar uno de los proyectos de escritura más sostenidos y estables de nuestra vida intelectual. Si algo resulta ajeno en su biografía es la pereza: la disciplina se había hecho angustia en el joven de 30 años que hurga en el abismo amenazante ante un tiempo de graves tareas.

 *75 años del editorial de Úslar Pietri en el diario Ahora

 Miguel Ángel Campos

Ilustración: Efraín Ugueto

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