Marina Gasparini: El laberinto, sus transeúntes

Dice Walter Benjamin que el laberinto es la patria de quien vacila; si nos atenemos a esta premisa, todos somos sus habitantes. Marina Gasparini recoge las palabras de Benjamin, las mete en sus maletas, inventa un viaje—tal vez largo—que persigue orígenes, seguramente. Se despide de Caracas para adentrarse en una sinuosa Venecia, la ciudad laberíntica por antonomasia. Desde ese lugar italiano, donde “el pasado no se entierra, se muestra”, Gasparini hurgará en los recovecos de la ciudad, perseguirá los pasos de poetas y artistas de tiempos muertos, buscará el hilo que algunos perdieron cuando sus pasadizos se quedaron a oscuras. Y acompañada del toque de la campana de San Marco, escribirá su personalísimo Laberinto Veneciano (Barcelona: Candaya, 2011), un libro que eventualmente cruza la frontera entre el ensayo y el género narrativo y desde el que la autora seduce con puntada precisa y sutil.

Al final de la tarde o en medio de la noche, Gasparini sacará las palabras de Benjamin de sus maletas y las alimentará con reflexiones propias: “Todos tenemos nuestro laberinto (…) En nuestra interioridad llevamos el trazado dedálico que todos somos, que todos construimos, el laberinto, siempre en plural, acompaña al ser humano en su condición de tal” (15). La compañía del toque de la campana de San Marco le permitirá a Gasparini recordar los versos de Vicente Gerbasi, en los que habla de la ciudad sin redobles en la que habitó su padre en la nueva tierra; en ellos reconocerá a Caracas, su misma ciudad, ahora tan lejana. Frente a la figura esculpida de Orfeo perdiendo a Eurídice, se preguntará si acaso San Marco se quedó mudo, que no sacó a Orfeo de su empeño en voltear la mirada, y tratará de responderse el porqué de ese aferrarse a la fatalidad del desencuentro eterno. Lo que hallará serán más enigmas poéticos, el eterno retorno, la piedra de Sísifo que arrastra la mortalidad del hombre.

En sus recorridos, Marina Gasparini comprobará que Venecia se aferró el arte con presencias bizantinas, góticas y renacentistas. Ella nos describirá el lugar testigo del pasado, también de la huida, del desencuentro, del fracaso al final del laberinto. En el capítulo IX, nombrará a Venecia como el agua apacible de quien huye de tormentas personales y extranjeras. Venecia son los diecinueve diciembres y diecinueve inviernos, es el invierno con olor a algas congeladas que cobijó a Joseph Brodsky, el viajero de San Petersburgo. En Venecia, Gasparini se enterará, gracias a la Punta della Dogana da Mare, del pasado pagano de nuestras vírgenes cristianas, y nos descubrirá sus velos.

El lector de Laberinto Veneciano hallará en la aparente brevedad de sus páginas una profusa información, manejada con la finura de quien penetra en el arte y las memorias lejanas con el respeto de quien se sabe el efímero observador de un tiempo y una ciudad milenaria. El libro en su totalidad está compuesto de la curiosidad y el asombro que incita la ciudad de Tiziano; cada capítulo es una muestra de esta aseveración. En el primer capítulo nos damos cuenta de que se está entrando a una ciudad llena de entresijos y enigmas; es el propio laberinto el que se escribe: “Venecia es laberinto de extravío, camino de creación. En su trazado irrepetible encontramos lo que no buscamos, buscando lo que no encontramos” (18). En el segundo capítulo, presenciamos la angustia y los pasadizos de Piranesi, el pintor veneciano. En el mismo orden, y en el capítulo siguiente, la autora mostrará cómo la paleta de Tiziano se fue oscureciendo mientras el pintor se adentraba al final del laberinto. La libertad también puede ser muerte.

A mi juicio, los mejores capítulos son el dedicado a las campanas; el de las algas congeladas del poeta ruso Joseph Brodsky; y el último, el laberinto de Orfeo sin Eurídice, que elabora a partir de la escultura de Antonio Canova, en el que la autora pondrá a dialogar el tránsito de Orfeo con el deber-ser del poeta, asiéndose de las reflexiones de Rilke:

 

¿a qué nos acercamos al volverle la espalda a los acontecimientos, incluso a nuestro porvenir, para lanzarnos a este abismo de nuestro ser que nos tragaría, de no ser por esa especie de confianza que traemos y que parece más fuerte que la gravitación de nuestra naturaleza” (114).

 

El desgraciado giro de cabeza de Orfeo comulgando con la necesidad poética (“El poeta, como Orfeo, debe siempre dar la vuelta, pues en su giro es cuando el destino le señala la necesidad del canto y de la posibilidad de ser”) es parte del grupo de interesantes reflexiones que mantiene Marina Gasparini a lo largo de su tránsito por el laberinto veneciano.

 

Carolina Lozada

Ilustración: “Orfeo y Eurídice”, Antonio Canova

 

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Reseñas y comentarios críticos de libros
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Una respuesta a Marina Gasparini: El laberinto, sus transeúntes

  1. Andreina dijo:

    Me ha encantado esta reseña, el libro de Marina es una delicia, yo digo que no es recomendable es ineludible! gracias

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