Rayas negras sobre rayas blancas

El cuento inicial del tercer libro de Rodrigo Blanco Calderón, Las rayas (Caracas: Ediciones Puntocero, 2011), lleva el título del volumen y a la vez parece resumirlo. Las veinticinco páginas de ese relato pueden leerse como una especie de nota preliminar dilatada que no necesariamente detalla cada texto, pero de algún modo lo conforma e incluso vagamente lo predice. Quizá esa opinión sólo deba tomarse como una hipérbole que, en el mejor de los casos, apunta a cierta cualidad estructural del conjunto, no a un índice temático. En Una larga fila de hombres (2005) y Los invencibles (2007), Blanco Calderón guiaba la lectura con una advertencia que reseñaba las fuentes y arriesgaba algunas definiciones: por él sabemos cuál historia tiene un sustento verídico, cuál es un homenaje, cuál debe pasar del realismo a lo fantástico, cuál otra se explaya sobre qué. Los ejemplos de arte poética configuraban un concepto de autor/crítico que asumía la certeza de que el origen de un relato podría influir sobre su destino; en esa actitud se mezclaban la hermenéutica y la astrología judiciaria. Ahora, la anécdota y la forma del primer cuento cumplen más sutilmente con ese rol descriptivo, sin la mediación de la firma R.B.C. que se hallaba al pie del preámbulo en aquellos libros.

En “Las rayas”, se narra el surgimiento de un anómalo lector/crítico. Un profesor universitario hace de un texto de Horacio Quiroga el lugar de confluencia de variadas perturbaciones; la principal de ellas tiene que ver con los cruces del discurso, con las patologías de la interpretación. Lo que Blanco Calderón escribe de Quiroga podría tomarse como la decidida ficcionalización de sus anteriores prefacios:

Las rayas es un cuento que empieza con una breve teoría sobre las relaciones entre el lenguaje y la realidad. Incluido en el libro Anaconda, de 1921, Quiroga plantea allí no solo la soberanía sino la preeminencia de las palabras con respecto a las cosas (9-10).

La declaración tiene un aire principista, y simultáneamente juega con la calificación de un antecedente y con el comentario sobre el discurso que lo renueva. Que los dos relatos tengan el mismo nombre supone que esas oraciones puedan atribuirse a uno y otro, como si fueran espejos verbales. En las relaciones de homonimia se sustenta la obsesión que habrá de sobrellevar el personaje, en la manera en que conviven—en un mismo diccionario, en unos mismos hábitos lingüísticos—dos realidades en un solo signo. La frase de Quiroga citada por Blanco Calderón es muy reveladora: “Pero algo que yo he visto me ha hecho pensar en el peligro de que dos cosas distintas tengan el mismo nombre” (10). Con ella se da inicio a diversas discusiones sobre la naturaleza de la literatura y sus potenciales contactos con el insomnio, la busca del lenguaje privado y la adicción a la cocaína. El convencimiento de que las páginas de Quiroga contienen el núcleo secreto del hecho literario fuerza a ese profesor a ensayar un método de lectura que repite el gesto enfermizo de los escribientes del autor uruguayo—“hacer rayas en los cuadernos de trabajo”:

Armado con una regla y con mis marcadores de punta fina, tuve el cuidado de subrayar con trazo perfecto y color distinto las intuiciones de cada día. Por supuesto, hubo ocasiones en que dos párrafos sucesivos, uno azul y otro rojo, por ejemplo, revelaban la existencia de un tercer párrafo aún más sugerente, conformado por el final del primero y el principio del segundo. Un párrafo morado que era la síntesis perfecta de los dos anteriores (18-19).

El procedimiento puede verse como una modalidad delirante y al mismo tiempo necesaria de la exégesis: con él se asume la certidumbre de que hay capas de significación que dependen de la permuta, yuxtaposición o salto de los párrafos, y aun de recursos lúdicos distintos. En esa visión, la literatura cuenta con el nombre de lo literal y con otro todavía secreto. Por el lado práctico, los subrayados me recuerdan lo que hacía Jean Starr Untermeyer al traducir al inglés La muerte de Virgilio: seguía los incisos de la compleja prosa alemana de Broch con trazos de colores, que señalaban distintivamente las oraciones principales y la red de oraciones subordinadas. En el relato de Blanco Calderón y en la experiencia de Untermeyer, el sistema de líneas sirve para dar sentido y estabilizar la forma de lo escrito.

Por otra parte, el tejido de demarcaciones sirve en “Las rayas” para resaltar los otros salientes de la anécdota: continuando con la obsesión de la homonimia, raya alude igualmente a una dosis de cocaína. En ese término se envuelve la parte de la historia que concierne a la progresiva adicción del personaje, con las consecuentes dificultades laborales y el inevitable final sombrío. Esa parte del cuento me interesa menos, y llega a darme la impresión de que es sólo una muestra que busca cumplir la hipótesis—pigliana—del texto: dos (o más) líneas narrativas pueden intersectarse en un cuento. Su condición de junkie no me resulta del todo convincente, da la impresión de ser desarrollada con distancia, incluso indiferencia. La presencia de Ciara tiene una relevancia mayor: ella es el empuje que lleva al profesor al relato de Quiroga—y, con él, al abismo de las glosas—; también, el compendio de su modo de lectura: su nombre resulta de la conjunción de los nombres de su madre y su padre (Alicia y Ramiro= Ali/CIARA/miro). Ciara es, en fin, el párrafo morado que descubre otra potencial perspectiva.

Otras historias del libro de Blanco Calderón siguen ese modelo constructivo. En “Payaso”, por ejemplo, se cruzan las revelaciones mayormente nominales del blog Archivos olvidados y la puntual declinación de la carrera de Fonsy, un clown televisivo. El primer hilo me parece seductor: un día, el periodista Alex Bell,

en un cibercafé del centro de Caracas, (…) tuvo la ocurrencia de abrir la carpeta de archivos temporales de la máquina que estaba usando (…) Como un monumento fugaz al lugar del descubrimiento, creó el blog en aquel roñoso cibercafé y lo tituló de la manera más transparente que pudo: Archivos olvidados. Un pervertido homenaje a la intimidad que queda varada en el limbo de una computadora tan anónima como sus usuarios (36).

Esa carpeta de descargas es para Blanco Calderón como el espacio de ficción por antonomasia; allí se mezclan varias tramas como en un espontáneo relato experimental. En “Payaso” se nos cuenta muy someramente una de ellas, la que sugiere la serie de fotos eróticas de un oficial de policía. Sabemos que, por principio, esa línea argumental no puede ser omitida, por lo cual el final, veintitrés páginas después, es algo previsible. Sin embargo, el peso del cuento recae sobre Fonsy, a quien Alex Bell conoció cuando era niño, y quien entonces le causó una gran decepción. La transición entre un segmento y otro, luego del arranque, gira alrededor de la expresión “archivo olvidado”: así define Bell el recuerdo, súbitamente de vuelta, del codazo que el payaso le diera años antes. Ya Blanco Calderón había preparado esa anamnesis con una frase evidente: “Fonsy era esa sensación de ridículo que golpea a una persona cuando se observa a sí misma en el pasado con absoluta sinceridad” (37; subrayado del autor). El verbo resaltado no es gratuito, ni tampoco sutil: representa una carga semántica que orienta a la vez aquel recuerdo de Bell, su pronta venganza y la final llegada de la policía; es como el destino compendiado en una acción.

Lo que vincula, entonces, la anécdota del blog y la de Fonsy es el concepto de literatura que exponía aquella cita de Quiroga sobre la saussureana arbitrariedad de las palabras: el “episodio del policía erótico” y el episodio del clown son como las dos cosas distintas que comparten el nombre. También acá hay un lado que me atrae más, como si al obrar según tal óptica Blanco Calderón debilitara la historia completa al hacer posible una elección—siquiera parcial, a lo mejor arbitraria. Eso suena como una paradoja: en la riqueza o complejidad de un cuento hecho de cuentos se crean confluencias que facilitan la distracción o la fuga.

En la mise en abîme de “Caso gracioso”, me inclino por el relato escrito por la jueza, más que por el destino que le diera el ingenuo Hermes, quien se lo apropió sin permiso, ganó un concurso con él y esperaba que la autora real de ese texto no tomara medidas; en “Pausa limeña”, creo que es fascinante la detención temporal que embarga al personaje, pues me recuerda las patologías y postergaciones que describieron Sergio Pitol en “Cuatro horas perdidas” y Alan Pauls en Wasabi… Esas escogencias me llevan a definir Las rayas como un conjunto fragmentable, que puedo recalcar a mi antojo, según mi personal delirio, en parte por las virtudes narrativas de Blanco Calderón y en parte por sus fallas; por supuesto, esa arbitrariedad está prevista, como el resto, por las líneas de la historia inaugural.

Luis Moreno Villamediana

Ilustración: Robert Morris

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