Al oeste del Atlántico: Lecturas desplazadas

“Alguien dijo que la patria es el idioma. El idioma de Arturo Gutiérrez Plaza es uno de sabias hilazones que va trenzando los hilos sutiles y vastos de nuestra común tradición. Una tradición que cada vez es más de todos nosotros y que, uno sospecha, acabará siendo equinoccial; una intersección poética e idiomática con los mínimos resabios y remilgos patrióticos”

(Del Prólogo de Carlos Gutiérrez)

Con Itinerarios de la ciudad en la poesía venezolana. Una metáfora del cambio Arturo Gutiérrez Plaza obtuvo recientemente el Premio Anual Transgenérico  de la Fundación Para la Cultura Urbana.  Poco antes  supimos que había sido reconocido por la Universidad de Cincinnati como el más destacado alumno extranjero de los estudios de posgrado. ¿El mejor del departamento?, pregunté. No, de todos los estudios de posgrado, se me dijo. Por si a alguien le cupieran dudas del valor de las premiaciones, en los dos casos los fallos cumplieron con justicia. Puedo dar fe de ello. En la primavera del 2008 fui invitada como profesora visitante a la misma universidad donde Arturo estaba por culminar sus cinco largos y provechosos años de doctorado. En la residencia Taft de la Universidad me alojé en una habitación, segundo piso, cuarto de por medio con la de Arturo. Una habitación algo desangelada como toda habitación de paso. En cambio Arturo había convertido la suya en una auténtica habitación propia. Más que eso, en un tibio y acogedor hogar, con sus estantes de libros, libros y más libros, la computadora frente a la ventana,  la cama bien tendida, el sofá cama que durante un semestre había ocupado su hija Gabi, lindas cortinas azules, pequeños y significativos objetos personales. En esa residencia, segundo piso, cuarto de por medio, me tocó ser testigo de su dedicación al estudio,  esa dedicación que para rendir los  frutos del árbol compartido de la ciencia  y de la vida,  exige disciplina, orden, método pero sobre todo amor al conocimiento. ¿Qué otra fuerza, qué otra clase de sentimiento sino ése habría podido mantenerlo desde muy temprano hasta muy tarde encerrado en el cuarto,  atado a la silla, tecleando, leyendo, estudiando, reflexionando, conectando ideas, conceptos y pensamientos?

Con Arturo, y Julio Quintero, nuestro leal compañero colombiano del cuarto de por medio, compartimos lecturas, veladas poéticas, conversaciones, paseos y una memorable visita a la Abadía de Getsemaní, el monasterio trapense de Kentucky, además de la rutina de la preparación  e ingesta de los alimentos en el comedero comunitario. Compartimos la nostalgia de la separación de los afectos, el cuerpo de sombras de la preocupación por el país, y, día a día, la angustia y la tristeza de saber muy poco, y sospechar lo peor, del curso de la salud de Eugenio.

Fue allí, en Cincinnati, donde Arturo me dio el manuscrito de Lecturas desplazadas (Caracas: Equinoccio, 2009). Al terminar de leerlo le manifesté el entusiasmo y el interés con que me había sumergido en él. Yo conocía a Arturo más como poeta (Al margen de las hojas, Principios de contabilidad, Pasado en limpio) que como estudioso y crítico de literatura, más como poeta que como magíster aun sabiendo de su desempeño en ese campo.  En estos ensayos sobre la evolución, encuentros y desencuentros, de la recepción en tierras americanas del legado cervantino y de la poesía de Don Luis de Góngora y Argote,  esos dos hitos del Siglo de Oro español de tan capital importancia para comprender la prolongación en el tiempo de su eco y acción sobre nuestra tradición literaria, pude percibir, aún más en la segunda y más afinada  lectura del texto impreso, la labor meticulosa, el esmero del investigador por  inventariar, agotar y cotejar las fuentes pero también,  y no en un menor y difuso segundo plano, la sensibilidad del poeta rastreando, evaluando,  penetrando las marcas de  pertenencia y reciclaje, de continuidades y discontinuidades, incluidas rupturas y discrepancias, respecto a las interpretaciones de la vieja tradición peninsular tanto como de las de la generación del 98 y del 27, confirmando el ya bien establecido principio crítico según el cual contextos históricos y culturales distintos hallarán significados diferentes para una misma obra.

De esa doble faceta, la de crítico y la de poeta, provenía mi entusiasmo, un entusiasmo que se tradujo en el deseo de seguir indagando sobre esos temas, de volver sobre ellos. Esa es la función de los libros, invitarnos a continuar su itinerario, invitarnos a seguir cavilándolos y contagiarnos de su goce.

Muchos años atrás preparé un seminario, más bien una lectura sobre El Quijote en la Escuela de Artes, en el que me propuse destacar los constantes trastornos entre ficción y realidad, el cruce de voces y estilos, el juego de espejos entre la primera y la segunda parte, su complejidad compositiva, la riqueza de sus procedimientos y, sobre todo, la meditación de la novela sobre sí misma, eso que hoy llamamos metaliteratura, metaficción, puesta al desnudo, puesta en abismo, “característica eminente -como bien dice Arturo en la Introducción- de buena parte de las exploraciones narrativas emprendidas por la literatura hispanoamericanas a partir del siglo XX”.  Leyendo estos ensayos caí  en cuenta de que al dictar ese seminario le estaba siendo fiel a  la modernidad de la visión crítica de nuestro continente… Qué útil y clarificador habría sido para mí contar con este libro en ese momento. Como el señor Jourdain de Moliére yo hablaba en prosa sin saberlo.

Autores como Borges, nos recuerda Arturo, el más conspicuo representante de la recuperación crítica y procedimental de la  tendencia a realizar  todas las posibilidades sintácticas y semánticas de la invención narrativa, tanto que se nos haría largo enumerar sus escritos dedicados o inspirados en el Quijote, Roa Bastos, Fuentes,  Octavio Paz, García Márquez, del Paso, Vargas Llosas, Cabrera Infante y, entre nosotros, sólo por nombrar los que me saltan más a la vista, Julio Garmendia, Salvador Garmendia y José Balza,  fueron discípulos de Cervantes, antes que por los consabidos estereotipos simbólicos derivados del ideal heroico y moralizante del personaje, por las apuestas jugadas a partir de su arte,  de su mar narrativo, como lo llama Balza.

Ortega y Gasset afirmaba que “toda novela contiene al Quijote en su interior como una marca de aguas”. Tal vez  no sea una exageración, toda novela grande de Sterne a Kafka, de Dickens a Gogol, de Diderot a Flaubert, lo contiene, toda novela latinoamericana (¿hispanoamericana?), casi seguro que sí.  Sin temor a equivocarnos podríamos repetir  con el hispanista C. Riley que la novela contemporánea le debe más a Cervantes que a ningún otro escritor de todos los tiempos.

Después de los dos primeros ensayos dedicados al Quijote, en el tercero, Contrapunteo cubano: Góngora, lo barroco y lo americano en Carpentier, Lezama y Sarduy,   Arturo despliega el mapa de  los antecedentes  del barroco americano (Domínguez Camargo, Espinoza Medrano y más tarde Alfonso Reyes quien se adelanta en más de una década a Dámaso Alonso y a la generación del 27). Al  establecer los complejos nexos y grados de parentesco de las diversas interpretaciones de Góngora y su reactualización barroca, Arturo coloca acertadamente el acento en la noción esencialista, cósmica, telúrica del barroco americano y en las particularidades, surgidas de esa misma noción tanto como de la atipicidad de su historia,  de la recepción cubana del barroquismo y de Góngora.  Con Carpentier lo real maravilloso se constituye  en poética al servicio de esa utopía americana que del diario de navegación del Almirante Colón a Humboldt, de Humboldt a Bello y de Bello a nuestros días alía el aroma y sabor,  la abundancia natural, la sensualidad del  color local con el rescate de la identidad cultural y las obligaciones contraídas con la historia, la lengua y el paisaje autóctonos, en última instancia caribe y cubano. Con Lezama, nos advierte, la concepción del barroco toma derroteros menos deterministas y restrictivos. Pese a que “no deja de haber afinidades entre ellos en lo atinente a su marcada simpatía por la “americanidad” de lo barroco”,  Lezama se aparta de Carpentier en la medida en que se sirve de Góngora y del barroco para armar una cosmovisión cuya línea de fuerza totaliza, entre el poder de la imagen y el artificio de la metáfora, mitos mayores: la hélade, el indio Kondori, Aleijadinho, el mestizaje cultural y de sangre, Kublai-Khan,  los chinos, los místicos, los herméticos, Sor Juana, Mallarmé y también el surrealismo. Por último,  se centra en Sarduy,  quien ubicándose por encima de la visión “suprahistórica” de   Carpentier, refuncionaliza el barroco proyectando sobre la figura capitular de Lezama la episteme de retorno de su filiación estructuralista y posmoderna: Baudrillard, Foucault, Lyotard, valedores éstos también de las tensiones y el poder dinamizador de la expresión barroca más allá del estilo de época.

Es aquí donde más se aprecia cuán fino y con cuánta acuciosidad ha debido hilar Arturo para matizar, deslindar, poner orden en el amplio y  aún problemático espectro de los estudios críticos y de las reformulaciones literarias  no tan solo del viejo, nuevo, novísimo barroco americano, sino también de los contactos, no menos problemáticos de la tradición literaria mal o bien compartida, a partir de la lengua común, desde los primeros viajes de ida y vuelta de la carabelas hasta el día de hoy.

Victoria de Stefano

Ilustración: “Don Quixote”, David Smith

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