El arte de intimar con el enemigo

Afirmaba el filósofo chino de la guerra, el sabio Sun Tzu, que “El arte de la guerra se basa en el engaño”, pues la victoria radica en conducir siempre al enemigo a las conclusiones lo más desacertadas posibles: “cuando se es capaz de atacar, se ha de aparentar incapacidad; cuando las tropas se mueven, aparentar inactividad. Si se está cerca del enemigo, hacerle creer que se está lejos”; el elemento sorpresa es, para Sun Tzu, la estrategia principal de los vencedores. Un precepto muy similar rige Las guerras íntimas (Caracas: Lugar Común, 2011), de Roberto Martínez Bachrich, conjunto de cuentos en los que se cumple con regularidad el knock-out que Cortázar esperaba al final de cada relato: ese giro sorpresivo de la trama que saca de balance al lector y lo hace presa de los estupores de la ficción, de ese cómplice asombro que propician los desenlaces inesperados.

Afines tan sólo en esa apuesta por el engaño, las narraciones de Martínez Bachrich presentan una variada selección de ambientaciones, extensiones y ritmos, lo cual establece, de entrada, la versatilidad de su tono narrativo como uno de los ejes centrales de la lectura. Algo que si bien entraña el riesgo de la dispersión y del subsecuente debilitamiento del libro como unidad significativa total, se intenta resolver en el hilo de Ariadna que el título mismo sugiere: el abordaje de la dimensión necesariamente conflictiva de toda vivencia emocional de lo humano: “Ese asunto feroz de los infiernos sutiles” (13), como dice el narrador de “Grieta”, relato que abre el conjunto.

La construcción vertiginosa de una anécdota por lo general breve es, en este sentido, un imperativo formal, pues el quiebre final del relato exige una tensión acumulada desde el principio: la amenaza de una ruptura conyugal, una infidelidad secreta descubierta, una recurrente deuda por cobrar o una fobia creciente hasta el delirio; de las guerras íntimas de Martínez Bachrich nos es lícito contemplar tan sólo el último combate, el episodio decisivo que pone en jaque la expectativa lectora. Se trata, asimismo, de la contemplación de lo humano siempre en retrospectiva, siempre a partir del instante mismo del desastre, de un destino contingente. “Densidad de las mesas” es, en ese sentido, el relato más sólido del libro: la construcción paulatina de la locura, a través del tono paranoico del narrador, se concreta con solidez quiroguiana a lo largo de pocas páginas y cierra con un desenlace necesariamente fatal, al que el cuento en ningún momento rehúye. Mención aparte merecen, en cambio, “El otro mar”, también de los mejores del conjunto, y el massianesco “Aguas perdidas, aguas encontradas”, únicos del compendio que enfrentan el desenlace desde el detenimiento y la contemplación.

Intimar, de acuerdo a la RAE, incluye entre sus acepciones la de “requerir, exigir el cumplimiento de algo, especialmente con autoridad o fuerza para obligar a hacerlo” (1182): significado oportuno para describir las guerras de Martínez Bachrich, cuyos conflictos se decantan por la imposición de una estrategia formal, la del súbito golpe de timón. Y en esa preferencia radica, por paradójico que parezca, la fortaleza y la debilidad del conjunto de relatos: siempre existe el riesgo de un cierto tremendismo, un efectismo final a ratos innecesario, sobre todo teniendo en cuenta la carga de cotidianidad que da pie a la mayoría de los relatos de Martínez Bachrich, y que puede, en casos puntuales como “Wave”, “Cómo olvidar las perdices muertas” o “Blanco”, torpedear el resultado final alejándolo del cierre preciso y sutil que sí se permiten los relatos “Grieta”, “Los gatos negros” o “Sifilíticos e integrados”. No se trata, sin embargo, de una constante que sabotee el disfrute de  este compendio de relatos, ni del tono reposado con que el autor se aproxima a la anécdota, pero sí de un elemento que puede desencantar un poco, ya que se trata del tercer libro de relatos del autor: un lector exigente podría echar en falta una mayor experimentación de fondo, o un mayor atrevimiento a la hora de enfrentar las propias estrategias narrativas, pues en estos aspectos la evidente maestría de Martínez Bachrich juega quizás en su contra, haciendo de Las guerras íntimas un conjunto de relatos un tanto conservador.

Las de Martínez Bachrich son, en todo caso, guerras adquiridas tal y como la sífilis y las ladillas del último relato del libro, “Sifilíticos e integrados”: después de intimar con el enemigo, como consecuencia del roce con lo humano, de la entrega a una existencia singular que funge de preparativo para el combate y de una “derrota perfecta”, que no es sino otro nombre para la vida, para ese conjunto de contingencias que termina en giro inesperado de los acontecimientos.

Gabriel Payares

Ilustración: “Duelo a garrotazos”, Francisco de Goya

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