La vida de los mismos: el revés de la crónica

Quizás no sea un rasgo específico de nuestra época. Lo cierto es que un implacable darwinismo pareciera estar determinando la pervivencia de aquellas formas de escritura que mejor se adaptan al mundo en que vivimos. No resulta extraño que en tiempos de mutaciones aceleradas se escriba con la urgencia de la inmediatez; que a un espacio signado por la indeterminación le corresponda una escritura fronteriza; que ante la hibridez de las expresiones culturales se procure dar el testimonio escrito de esas diferencias que, paradójicamente, son las que nos permiten construir una noción de identidad. Es en este sentido que la crónica se nos revela como un espacio textual privilegiado, un no-lugar de la escritura que nos permite acceder de manera quizás más directa – pero no por ello menos compleja e interesante- a ese conjunto de aparentes certezas que conforman nuestra realidad.

Así, al asomarse a las páginas de La vida de los mismos (Premio de Literatura Stefania Mosca, Mención Crónica, 2011) es probable que el lector no se sienta conminado a instalarse sino a desplazarse, porque si algo le ofrece este libro de crónicas de Carolina Lozada son itinerarios de lecturas. Rehuyendo del dato exacto o de la indagación minuciosa que segrega la noticia, los textos de la escritora venezolana se fincan en la memoria para dar testimonio de lecturas, vivencias y lugares entrañables. “Transeúnte, eso soy”, nos dice, en uno de los textos que más evoca una familiaridad urbana que no se forja en los códigos del Asfalto- infierno, o en cualquiera de esos murales reduccionistas de la ciudadanía.

El tono íntimo de esta escritura, su delicadeza expresiva, se aviene sin sobresaltos con un lenguaje que tampoco alberga indefiniciones (quien nos relata es mujer y es escritora: no hay dramatismo en ello). Y es a partir de esa nítida declaración de principios que empieza a tejerse la secreta unidad de este libro. Porque más allá de la diversidad temática, y su división en tres secciones, encontramos, desde el título, un intento por fijar semejanzas, afinidades, correspondencias. La memoria, en este punto, se revela como uno de los hilos esenciales en la confección de esta urdimbre:

“El olvido es la muerte y la única manera de matar la muerte es con las armas de la memoria. La memoria es el puente que permite el retorno.”(p.26)

Oscilando entre diversas formas de escrituras del yo los textos de La vida de los mismos enfilan hacia la crónica cuando incluyen, como ha observado Caparrós, “experiencias y miradas desde un lugar visible y preponderante”. Asimismo, acusan otros rasgos del género desde el mismo momento en que se ocupan de aquello que no debería ser noticia: un café atendido por mujeres de faldas cortas, los hábitos de algunas golondrinas o las bondades que se obtienen de combinar la comida árabe con un añejo juego de cartas. Sin embargo, es notorio el contraste de estas piezas fragmentarias e inacabadas con la tradición de la crónica contemporánea que proviene del New Journalism, en la que el reportaje –fruto de la investigación periodística- condiciona de manera ostensible el producto final. En las páginas de la escritora trujillana es la memoria la que organiza, suspende o congrega, finalmente, aquellos elementos que terminarán definiendo un punto de vista en el que realidad y literatura se confunden -¿o se funden?-  en una misma experiencia subjetiva.

Como narradora, la fina prosa de Carolina Lozada ocupa un lugar prominente dentro de la más reciente promoción de escritores venezolanos. Su filiación con una tradición literaria que emigra del afán representativo, historicista, para entablar diálogo con otras voces, otros ámbitos, situados allende nuestras fronteras, se demuestra también en las reseñas de sus lecturas: Renato Rodríguez, Teresa de la Parra, Virginia Woolf, Victoria de Stefano, Juan Carlos Onetti, Ednodio Quintero. De este último parece haber tomado la frase que, en gran medida, justifica su actitud ante el quehacer literario: “un escritor debe crearse su propia isla”. Precisamente, si alguna virtud tiene un libro como La vida de los mismos estriba en su capacidad de probarnos que no existe un único abordaje de la realidad, que la prosa de no ficción también puede dar cobijo a un paisaje que no por solitario deje de ser gozoso; que el silencio y la contemplación son grandes proveedores de sorpresas, que hay otros dolores y otros miedos que no siempre aparecen en las páginas de sucesos, en fin, que todo género de escritura tiene también su reverso, en el que la extrañeza es otra forma de la identidad.  La vida de los otros, o sea,  la vida de los mismos.

Jesús Suárez

Ilustración: Harry Gruyaert

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