Erotismo con un toque de Paprika

Imagine por un momento que sus problemas, tensiones y angustias puedan ser analizados a través de un pequeño aparato tecnológico que se coloca en la cabeza y se conecta a sus sueños, y a través de éstos su terapeuta puede encontrar las soluciones a neurosis, miedos y otros desaliños mentales. Pero sea más ambicioso y vaya más allá, imagine que en esos sueños usted puede ser auxiliado y hasta asistido sexualmente por una jovencita lujuriosa, de pantalones vaqueros y pecas en el rostro. La terapia no suena nada mal, a menos que las cosas se escapen de las manos del terapeuta y de los límites de los mundos oníricos, y sus peores pesadillas y temores irrumpan en su vigilia, amenazando su equilibrio mental y sí, su vida. Algo de esto ocurre en Paprika (Girona: Atalanta, 2011), la novela de Yasutaka Tsuitsui (1934); un poco de esto y más, porque la novela del escritor japonés se pasea con libertad por situaciones de ciencia ficción, retozones de novela erótica (bueno, en realidad viñetas porno, lo que la hace más interesante) y se asoma sin mayores resquemores por los mundos de exploraciones jungianas. No faltan las bruscas interrupciones en terrenos donde se libran batallas entre el bien el mal al más clásico estilo nipón; es decir, en las calles de Tokio, con seres surgidos de un estrafalario bestiario:

Asmodai, el demonio de la destrucción. El rey de todas las deidades demoníacas y gobernador de las legiones infernales; un monstruo con tres cabezas que escupían fuego: una de toro, una de carnero y otra de hombre; con cola de serpiente y patas de ganso. Estaba sentado a horcajadas sobre un dragón y sostenía una lanza con el estandarte el Infierno (318).

Paprika se perfila al principio como una trama tras bastidores de un descubrimiento neurológico (el cual cuenta con defensores y enconados detractores), que promete llegar a la raíz de los problemas mentales y resolverlos por medio de la intervención terapéutica de los sueños, en lo que sería una especie de psicoanálisis de avanzada futurista. Sin embargo, la historia se va enmarañando con otras sub-tramas de índole amoroso y detectivesco, hasta desencadenar en episodios fantásticos muy propios del manga japonés, género con el cual Japón nos ha acostumbrado a las acciones de heroínas de faldas muy cortas y piernas muy largas. Fiel a esta tradición de chicas valientes y eróticas, Yasutaka Tsuitsui crea a Paprika, el avatar de Atsuko Chiba, la reconocida especialista del Centro de Investigación Psiquiátrica de Tokio. El avatar de la psiquiatra la convierte en una mujer mucho más joven y atrevida, que actúa con el arrojo y la picardía de una adolescente y la destreza sexual de una mujer adulta. Esta jovencita se vale de métodos poco convencionales para asistir a los pacientes tratados rastreando sus zonas oníricas. Señores lectores, como ustedes lo pidieron, Paprika les hace los sueños (de otros) realidad:

Paprika soltó un gemido involuntario. Konakawa reaccionó ante ese gemido con una violenta descarga de pasión. Paprika recibió su bautismo orgásmico con el sueño de otra persona. Konakawa eyaculó tanto en el sueño como en la realidad y, en ese momento se despertó (180-181).

Como notarán y sabrán agradecer, la terapia de los sueños permite todo, hasta los tríos: “¡Ah, Paprika, no puedo aguantar más. Estoy a tope! ¡No puedo aguantar más! Nose gimió acongojado y eyaculó. Los tres se despertaron casi simultáneamente. Konakawa fue el último” (272).

En Paprika, el gran peligro de los sueños es que éstos, con todo y sus pulsiones, pueden terminar haciendo ingobernable la psique del que se halla en estado de duermevela, y de ese modo el dominio de la consciencia podría verse amenazada. No en vano los juguetes que desfilan como personajes de una pesadilla en la versión fílmica de Paprika. Detective de sueños (Satoshi Kon, 2006)  cantan: “El consentimiento de los habitantes del día es lo que quieren los habitantes de la noche”.

Tsuitsui aprovecha ese espacio sin orden lógico para que sus personajes desarrollen las acciones más desinhibidas. En el sueño pone en juego el ánima y la sombra, por intermedio de los personajes de Paprika y Osanai. En los mundos oníricos, Paprika anda a sus anchas, pero más allá del erotismo picante de este dulce avatar hay cierta sexualidad perversa al servicio de la manipulación y el sometimiento de terceros para lograr fines personales. Este tipo de juego sexual se manifiesta en algunos personajes como Morio Osanai, el mancebo sumiso a los deseos homosexuales de Seijirō Inui, el principal detractor de los aparatos controladores de sueños; ambos sostienen una subyugante relación amo-discípulo, en la que la misoginia está servida en bandeja de plata:

Inui conocía la arrolladora pulsión sexual de su pupilo, así que le concedió el deseo de saciarla. Osanai tendría que violar a esa mujer de la manera más salvaje posible. El vicepresidente tenía la convicción de que un varón, para hacer suya a una mujer, no tenía más que violarla. Esta retorcida idea era compartida por el doctor Osanai, quien, además, tenía una fe ciega en su propio atractivo. Violando a esa mujer la tendría para siempre como esclava (183).

Ninguna de las relaciones de Osanai son, digamos, sanas, todas están marcadas por el abuso y el sometimiento. La pulsión de Osanai alcanza su cenit cuando intenta violar a su colega Atsuko Chiba. Una de las escenas sexuales para mí más chocantes de la novela, por su carga de “aprobación” del abuso sexual de la víctima ante el ataque, ocurre cuando Atsuko Chiba admite ser violada: “Sí, pero tendrás que hacérmelo bien. Me tienes que satisfacer” (189).  El humor corrosivo de Tsuitsui no dejará pasar en vano este episodio, y como pasa en las películas y también en la vida real, el atacante desenfunda una vaina poco punzante: “Se veía a sí mismo como un valiente guerrero a punto de entrar en combate. Pero, entonces, chocó contra la dura realidad: tenía el pene flácido” (189).

Ese humor escabroso y sexual es una de las mejores armas de Tsuitsui, así que  para leer a este autor, y disfrutarlo, hay que estar dispuesto a lidiar con personajes algo tragicómicos, seres expuestos a situaciones desencajadas, ridículas. Tenemos que suspender el juicio de la verosimilitud; no mortificarnos por saber cuándo un acontecimiento es sueño y en qué momento es realidad; hay que atenerse a las jugarretas sexuales acontecidas en el universo de Tsutsui, cuya visión del mundo, como narrador, puede leerse camuflada en sus propias páginas: “la existencia es un gran escenario cómico y todos los seres humanos son actores y personajes de una ópera bufa” (Hombres salmonela en el planeta Porno, Girona: Atalanta, 179).

Lamentablemente, y a pesar de su vasta obra, de Yasutaka Tsuitsui sólo se han sido traducido al español tres libros: la novela ya mencionada y comentada en este artículo, Estoy desnudo y otros cuentos (Girona: Atalanta, 2009) y Hombres salmonela en el planeta Porno (2008). En este último libro hay un cuento llamado “El bonsái Dabadaba” que puede muy bien respaldar la aseveración del humor y alusión sexual en la escritura de este japonés de Osaka. La historia es simple: un hombre se hace de un bonsái que supuestamente tiene la propiedad de provocar sueños libidinosos, pero el bonsái no hace más que complicarle las cosas a su dueño y frustrar constantemente la satisfacción de su lujuria. El universo surrealista y la libido también afloran en el cuento “Hombres salmonela en el planeta Porno”, lugar adonde llega una expedición de científicos para investigar la extraña polinización que embarazó a uno de los miembros femeninos de su equipo.  En el planeta Porno se toparán con todo un sistema ecológico muy lúbrico: toda la flora está dispuesta al sexo con cualquier especie.

Ojalá la flora, la fauna y todo el ecosistema literario y trepidante de Yasutaka Tsuitsui continúe siendo visitado y traducido a estas tierras occidentales de habla española.

 

Carolina Lozada

Ilustración: Willy Verginer

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