El eco de la levedad

 

En Libro del aire (Caracas: Equinoccio, 2007) de Pausides González, la mirada del poeta en tanto acto particular de presencia en la naturaleza ofrece una manera novedosa de relacionarse con los elementos que la habitan. El ejercicio de volver a nombrar los árboles, la tierra, el agua, implica un acto contemplativo: la mirada discrimina el diálogo entre el aire y estos elementos. Donde sólo escuchamos el crujir de la hojarasca, el poeta distingue los senderos que la brisa recorre hasta provocar el clamor en la hoja seca; pequeños fenómenos normalmente no advertidos, cual melodías invisibles, de pronto se revelan: la melodía del aire.

Es posible dilucidar en este poemario algunas resonancias de autores como Eugenio Montejo; en primer lugar, en el tópico del poeta como miembro de una mecánica terrestre que exige su presencia y canto. Si para Montejo la “terredad del pájaro es su canto”, es decir, su forma de estar en la tierra, para Pausides González el pájaro transita los parajes celestes y así conoce la íntima dinámica de la naturaleza: participa en ella colando su trino y se ancla en la brisa, sin la cual “el cielo perdería sus cimientos” (p. 23). Es el canto—parecen sugerir ambos autores—lo que el poeta ofrece para que siga girando el mundo. Igualmente, en el Montejo de Terredad (1978) la relación entre el poeta y la palabra se asemeja a aquella entre un ebanista y la madera: el oficio de la pulitura carcome la vista, astilla las manos y debe realizarse a la intemperie, lidiando con el tiempo; y en Libro del aire el quehacer poético se esboza de una manera muy similar: el buen labrado de la madera consiste en aprender a “deslumbrar las vetas más difíciles” (p. 72), aunque “La saña de la intemperie es muy tenaz/ y nunca abandona la madera” (p. 73). Se trabaja el tiempo en la palabra para hacerla perdurable.

Las imágenes de este poemario son elaboradas con un lenguaje que aporta una cadencia aérea, pausada y tropical. El uso de palabras y modismos del habla coloquial identifica ciertas aves, parajes y estaciones solares propias de Venezuela: venezolanismos que conviven en algunos versos con cultismos no tan afortunados, lo cual puede resultar en disonancia y quebranto del ritmo. Se trata, sin embargo, de una coexistencia que intenta incorporar el léxico popular al poema sin apelar a construcciones recargadas, aunque a veces el uso de palabras como “cocuyo” no participe del poema con la ligereza que sugiere el batir de sus minúsculas alas.

Libro del aire es publicado trece años después del primer poemario de Pausides González, Cada despido del tiempo (1994), y en este nuevo trabajo poético su voz comienza a delinearse, haciendo posible reconocer en él influencias muy claras, pero también distancias precisas, respecto a otras génesis poéticas venezolanas que tienen por eje, igualmente, la naturaleza. Resta tan sólo un trabajo concienzudo de afinación, clave para que, como diría el propio Montejo, “el canto permanezca”.

María Fernanda Toro

Ilustración: “Birds”, Mike Bailey

*Reseña elaborada en el Taller de Reseña Literaria dictado por Gabriel Payares en la Escuela de Letras de la U.C.V.

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